Con esta entrega completamos el magistral artículo de Doña María Elena González Deluca, el cual hemos publicado en tres partes. Esperamos hayan obtenido una panorámica bien real de la realidad cubana actual.
Las dos Cubas (3ra Parte y Final)
Por: María Elena González Deluca
“Aquí el Estado es dueño de todo” repiten cuando uno pregunta “¿Y esto es suyo?”. Cada institución del Estado tiene compañías que administran determinados bienes. La “Oficina del Historiador” se encarga de las restauraciones, mueve las brigadas que pintan y reparan, administra los fondos, también las donaciones extranjeras, y controla mediante la compañía “Fénix”, los museos, los sitios históricos, los monumentos, los caballos y carruajes que pasean turistas. El historiador, Eusebio Leal, tiene fama de buen relacionista, obtiene fondos para las restauraciones, sabe halagar a los capitalistas extranjeros para conseguir donaciones. Y como todo lo histórico atrae al turista, que deja dinero, los empleados de turismo se consideran privilegiados, porque del turista reciben propinas y a veces pueden evadir los controles y guardarse algún dinerillo extra.
Observo mucho malestar, la gente se queja de todo y ya no se traga la excusa del embargo. Las cifras oficiales indican que el comercio con Estados Unidos ha crecido más de 100 veces durante el gobierno de Bush, 2001- 2006, es el de mayor crecimiento y el tercero del continente, después del comercio con Venezuela, el más importante del mundo, y con Canadá. Un seglar de la orden de San Francisco, con quien converso largamente, confirma mi impresión. “¿Hasta donde llegará esto? ” pregunto. Esto, dice, es una enorme falacia y la gente se da cuenta. Sin duda, cómo no darse cuenta. Hay dos Cubas, la falacia es que la Cuba revolucionaria cree que derrotó al mercado, pero vive de la otra Cuba, la de los turistas, donde funciona el mercado, controlado pero mercado. La revolucionaria es una especie de gran “Apartheid” para los nativos, excluidos de la Cuba que disfruta de todo lo que no pueden tener pero quieren. Se exige a los cubanos poner el hombro a la revolución, “priorizar los recursos del país para el turismo”, que trae el dinero de las economías de mercado y mantienen la segregación. No tienen otra opción, son los mismos cubanos que desfilan con banderitas en las convocatorias oficiales, “intenta no ir y verás”, nos dicen. Mayor falacia imposible.
Cuba, me dice el seglar, no tiene gobierno actualmente porque el que mandaba terminó su vida política y está a punto de concluir su vida biológica. En todo caso ya no manda, pero nadie lo desafiará mientras viva. El sucesor oficial, no es capaz y no lo respetan. Pero aunque se habla de transición, el gobierno teme ceder poder porque sabe que si cede un poco puede se forzado a conceder más. Y todos temen perder el poder. Sin embargo, “esto está llegando a su fin”. Mi impresión es que desaparecido el jefe máximo, las presiones por el cambio van a ser muy fuertes y si el gobierno niega los cambios las protestas van a ser difíciles de contener.
Dos cosas colmaron mi indignación. Una fue en nuestra visita al parque donde venden los helados Copelia. Pregunté a la joven que nos servía por qué en un local contiguo había una larga cola de gente y donde estábamos nosotros había muy pocos clientes. Allá venden helados para los cubanos, respondió. Pero, ¿son los mismos helados? No, fue la respuesta. ¿Por qué? Por la calidad ¿Cómo?: “Los de allá son artificiales, estos son naturales”. Efectivamente, los naturales son más caros, se pagan en CUC, los otros son hielo con sabor artificial, se pagan en pesos cubanos. Mantener la revolución exige sacrificar hasta el simple placer de tomarse un buen helado.
Otra experiencia la refirió una escandalizada profesora de la Universidad de la Laguna, de las Islas Canarias. En la ciudad de Trinidad, una madre se le acercó y le ofreció a su hijo de 12 ó 13 años. “Mi bambino por un peso” fue la oferta por los servicios del precoz jinetero.
Mi indignación, sin embargo, no es con los cubanos. El drama que viven, el trato brutal que reciben, llena de tristeza. Mi indignación es con los turistas de la izquierda mundial, indiferentes, cegados por su espeso velo revolucionario, arrogantes en su profunda deshonestidad intelectual y cobardía moral, que en nombre de la solidaridad revolucionaria han perdido el sentido más elemental de la solidaridad humana. Visitan Cuba y salen elogiando la dignidad del pueblo cubano y los logros de la revolución, en educación y salud. O, cuando algo de honestidad les impide seguir con la impostura, sencillamente callan. Parece más importante el sueño de la utopía y la membresía del club de los políticamente correctos que el sufrimiento de un pueblo entero.
Afortunadamente los cubanos parecen estar cambiando y se dan el lujo de lanzar advertencias: “No dejen que les pase esto en Venezuela”, nos dijo un calesero que al saber de nuestra procedencia nos advirtió que nos daría un paseo equivalente a una lección. Por algo trabaja para la Oficina del Historiador.
domingo 14 de junio de 2009
Las dos Cubas (3ra Parte y Final)
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